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Aldo Mazzucchelli

Mazzucchelli irrumpió muy joven en el panorama de la poesía que se publicaba en Uruguay en los años ochenta. Hacia fines de esa década se había convertido en uno de los dos o tres poetas más relevantes de su promoción. Sin embargo, se llamó a silencio, cortó sus vínculos con buena parte de aquel universo y de su propia obra inicial, y a partir de allí publicó sólo tres libros de poesía más, muy diferentes a sus primeros, cada uno de ellos separados 11 años del anterior. Luego residió una década en Estados Unidos, y actualmente lo hace en el campo (en ese mismo pedazo de territorio —Mataojo, Carapé— que ha decidido hacer entrar en la poesía uruguaya desde el comienzo). En esa buscada soledad, Mazzucchelli desarrolló no obstante su prosa, al tiempo que ahondaba en el simbolismo esotérico y la música. Estas son las áreas que, acaso, en algún momento muestren una armonía secreta en la carrera de este creador extraño, que ha elegido una y otra vez una senda perdida, aparentemente apartada de la centralidad cultural de su espacio y su tiempo.